La lluvia agrava la tragedia de los haitianos un mes después del seísmo
Pero, como a perro flaco... Esas lluvias se adelantaron varias semanas e inundaron ayer Camp de Mars, el parque donde se yerguen las estatuas de los héroes de la independencia y que desde hace cuatro semanas comparten espacio con decenas de miles de haitianos sin techo. "Se nos mojó todo", exclama Pierre Richard. "Aquí nadie distribuyó nada. Ni comida ni tiendas. No podemos seguir las instrucciones porque no hay electricidad ni radios. Nos sentimos abandonados".
Hombres y mujeres compiten en un espacio plagado de basura y malos olores por un cazo de agua para lavarse los dientes y enjabonarse la cara. Los niños corren y juegan como si esta miseria no fuera tan distinta de la de antes.
En el campamento que crece cada día frente al derruido palacio presidencial se han levantado unas letrinas. Son cabinas de plástico de la empresa haitiana Jebco Service. No están allí por caridad sino por negocio: cobran por el acceso sin distinguir aguas mayores de las menores el equivalente a un dólar (0,73 euros). El controlador es un tipo que dice llamarse Junior: "No tenemos sueldo, sólo cobramos una comisión de un dólar cada 20 de recaudación. Al día recaudamos 100 dólares". En Haití, el 80% de su población vive debajo del umbral de la pobreza. Un dólar es un lujo.
Cerca del aeropuerto diversas secciones de Médicos del Mundo (MDM) trabajan en una clínica. Hace un mes recibían 300 pacientes diarios. Ahora se han reducido a 100. La explicación es que han abierto más centros, no que se han reducido las víctimas. "Lo que mejor está funcionando es la ayuda médica. Tanto en los hospitales locales como en las unidades móviles de diversas ONG de emergencia", explica Penélope Page, responsable de comunicación de MDM. "La mitad de los casos que nos llegan son niños y muchos con diarreas. No se trata de una epidemia. Es sólo la consecuencia del hambre".
El responsable de la OIM sostiene que la inseguridad impide la distribución de ayuda en muchos lugares. "Hay aldeas a sólo 45 minutos de Puerto Príncipe que recibieron comida hace tres semanas y no han vuelto a tener nada". En Haití hay unos 9.000 cascos azules la ONU y 13.000 marines estadounidenses.
Saura Jiménez es una mujer coraje. Es la responsable en Haití del reparto de 60.000 raciones de comida diaria a través de la organización estatal dominicana Comedores Económicos del Estado, que ha desplazado al país vecino 28 camiones-cocina y a decenas de voluntarios. "Sólo distribuimos en los lugares organizados y cuando las fuerzas de la misión de la ONU nos dan el visto bueno". El problema de estos repartos es el tumulto. "La gente se pelea por un saco de arroz". La ONU trata de organizar puntos de distribución a los que sólo acuden mujeres.
Ha pasado un mes y los haitianos parecen más pacientes en las colas para adquirir un teléfono móvil que en las que dan de comer. Cuestión de prioridades: el teléfono es la primera puerta para escapar de aquí.
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